Erizo: principios de Abril

Ёжик в тумане

Cuando hoy tenemos todos los medios para decir que el hombre  puede perfectamente colonizar el sistema solar, aún seguimos creyendo que una simple vela votiva puede sanar el espíritu. Frente a la denuncia del alma animista, también está el escándalo del animal capitalista, que impone que la verdad debe ser tasada, cosificada , finalmente, vendida. en tanto que la tasa TIR es el índice por el cual se evalúa la rentabilidad de un proyecto, definida como los rendimientos futuros esperados de una inversión. Y todos estos conceptos unidos pueden servir como una estética pero inútil introducción, diseñada para rellenar el espacio en blanco a las dos de la mañana.

Invasión, por Juan Calamares. De zombies, de chinches, de sarpullido, las invasiones de terror nunca tienen una clara intencionalidad, simplemente están allí para decirnos quienes somos, en la peor y mejor forma. Alguna vez soñé con una invasión de coliflowers.

“La ciudad de los hielos” – una novela olvidada del Mito Antártico, por Sergio Fritz. Richard Sharpe Shaver fue uno de esos oscuros escritores que, utilizando el género fantástico, se envolvió él mismo en una trama de seudo ciencias y paranoia, dignas del siglo XX.

Destellos, por Andrés Silva Odellober. Cuando uno no tiene más opción que actuar, se olvida todo. Se dejan atrás las siluetas familiares y se parte a una zona de la que es probable que no regreses. Así tan simple. Quizás es la mejor forma de enfrentar la vida.

Vidas imaginarias de mis amigos: Sergio K. Amira (PARTE 3), por Luis Saavedra. Continuamos con nuestro serial pulp que le trae acción, sexo, muertos, cerebros alienígenas y el sinfín de la parafernalia cienciaficcionesca. ¡Nombre usted un tópico, lo tenemos aquí!

Leyendo revistas viejas en la sala de espera del Dr. Wuntseld: Esterházy, sweaters, fiestas Spandex y el rey de los gitanos, por Remigio Aras. La nueva y deslumbrante contratación de Erizo, hoy presentamos en sociedad a este autor chileno que pronto estará rompiéndola en las letras nacionales, dentro del radio de 200 metros alrededor de su casa.

Erizo de Abril está bueno, como cogollo recién secado, no trae lluvias mil sino historias.

Destellos

Destellos (ficción)
Destellos (ficción)

Por Andrés Odellober

Soon oh soon the light
Pass within and soothe this endless night
And wait here for you
Our reason to be here
Yes – Soon

Cuando la noche se cubrió de luces desconocidas, el mundo se reunió horrorizado a contemplar el cielo. La refulgencia caía lentamente sobre la faz de la tierra y los soldados, con sus corazas plateadas, marcharon por las calles destartaladas, armados hasta la médula.

En la oscuridad, una mujer de cabellos largos y blancos, de piel marchita, alzó los ojos desde su mecedora y vio desde la verja una silueta que se desplazaba de un lado a otro.

¿Ya es hora, hijo mío? dijo en voz alta—, ¿te marchas para no volver jamás?

El joven caminó lentamente con su traje plateado, con el arma en sus manos y la mirada fría. Cabizbajo, guardó silencio a la hora de pasar al vergel. Se sentó en el suelo húmedo, frente a la anciana, y observó el cielo colmado de colores. El aire tibio y metálico golpeaba el pálido rostro de la mujer que tejía con minuciosidad una larga chalina color marrón.

Los tiempos han cambiado, ya no es como en antaño. Sólo te levantabas, hacías tus quehaceres y por la tarde sintonizabas en la radio tu programa favorito para acompañar el té. Dio un golpe de palmas y desde la sala, comenzó a sonar una antigua melodía—. Ya nada es igual. Ni siquiera el chocolate tiene el mismo sabor como en aquellos bellos años de mi juventud. Todo dejó de ser verdad. Soy una mujer vieja y estoy cansada, ¿sabes? Ya es hora de tomar un largo y merecido descanso. En cambio tú sigues igual. ¡Mírate! 20 años a mi lado y es como si el tiempo no te hiciera daño.

Queda poco. Ya debo marcharme.

Te amo ¿Lo sabes? Y voy a extrañarte.

Lo sé.

Hijo mío. Una lágrima recorrió su mejilla.

¿Un vaso de agua?

¡Oh! Por favor, un vaso de agua fresca no le vendría nada de mal a esta anciana.

Las astronaves serpenteaban por los cielos como gigantes aves metálicas hasta aterrizar en los alrededores del pueblo, a la espera de que sus tripulantes abordaran. El joven se levantó y fijó la vista adelante. La anciana lloró en silencio, mientras le abrigaba el cuello con la chalina color marrón. Como nunca antes, él sonrió. Su chip recibió la orden y sus circuitos fueron reconfigurados. Tomó su arma, caminó por el sendero hasta llegar a la verja. Miró hacia atrás una sola vez y luego se perdió en la oscuridad.

Sonaron las sirenas, una y otra vez. Las tropas de androides se movilizaron por las calles y los motores se volvieron a encender. Las naves descendieron rápidamente para luego brillar como estrellas en el infinito, mientras en el vergel, una antigua y suave melodía sonaba al son del vaivén de la mecedora.

[CC 2012, Andrés Odellober]

Compañías discográficas, ¿son imprescindibles?

Compañías discográficas
Malvadas compañías discográficas

Por Andrés Silva Odellober

No es extraño que, en la actualidad, muchos seguidores acérrimos del cuarto arte crean que encontrar buena música sea sinónimo de utopía y es, en efecto, una acción frustrante.  Y es que poco o nada se sabe de originalidad y calidad en estos tiempos, pues la solitaria sombra de esta marginada disciplina ha desaparecido casi por completo, producto de una invasión comercial que ha devorado todo a su paso. Hay quienes acostumbran a alabar la mediocridad de lo que la moda impone, cayendo en un inevitable trance, para luego terminar perdiéndose en ese mezquino y moderado mundillo lleno de limitaciones y carente de sentido, aquel maldito mundillo que atenta  de a poco contra nuestra asustadiza autenticidad.  A su vez, nuestras raíces musicales han sido sepultadas por un cataclismo de infaustos y astutos depredadores, que buscan acabar con la verdadera entrega del artista, destruyendo su esencia y su genio.

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