Invasión

Invasión
Invasión

Por Juan Calamares

Las máquinas de humo disparaban, creando simulaciones de espectros congelados en posturas de choque como hombres metálicos e intermitentes. Marcela sintió el dulce sabor en la boca, el bombo en el pecho y los latidos cardíacos en constante comunión con los bips eléctricos. Llevaba calzas ajustadas, una camiseta de algodón por la que se le traslucían los pechos no muy grandes y dos manchas de transpiración acumulada bajo las axilas. La mesa del DJ estaba por sobre su cabeza como un cerebro general que enviaba órdenes de danza a todos los habitantes del rave. Los cuerpos electrizados bajo las luces de fondo, abiertos a cualquiera de sus manipulaciones con el tasp.

El chico apareció de pronto y se instaló junto a ella con su Evian, casi indiferente al pulso, moviendo su pie derecho. Llevaba una camiseta de White Zombie, un gorro boliviano y sandalias de cuero. Ella veía sus ojos, relampagueado bajo la bruma de las máquinas de humo, clavados en sus brazos en movimiento perpendicular sobre su cabeza. Sigue leyendo “Invasión”

El Juego de Doorbys (relato)

El juego de Doorbys
El juego de Doorbys

Por Sergio Fritz.

—¡Doorbys! ¡Doorbys! ¿Qué estás haciendo?

El niño saltó al ser descubierto. Rápidamente su rostro se iluminó cual hoguera bajo penumbras boscosas.

De reojo miró a “mamá” y con premura borró los signos dibujados en arena.

La mujer se acercó y desde su altura de montaña lo contempló amenazadoramente. La montaña ahora se transformaba en águila.

—¡Cuántas veces te he dicho que no debes invocarlos! Niño desobediente, ven y ¡recibe un castigo! ¡Doorbys! ¡Doorbys, no huyas!

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El Lar del Gusano (relato)

El lar del gusano
El lar del gusano

Por Patricio Alfonso.

Como dijo Lovecraft, que tenía menos pelo que Farrah Fawcett y más que Telly Savalas pero ninguno de tonto, hay cosas que es mejor no saber. Parece  que yo he terminado sabiendo algunas, por culpa (quien lo diría) de trabajar para las monjitas del convento de Santa Isabel. Ocurre que soy escultor aficionado, y se me da bien aquello de la restauración, y un buen día se me ocurrió aprovechar esta habilidad, y como tengo una prima que estudió con las monjas, le pedí que me recomendara para componer santitos. Las hermanas vieron mi trabajo y quedaron de lo mas contentas.

El convento es un bonito lugar. Ocupa media manzana y está construido casi enteramente de ladrillo rojo. En la esquina del convento hay un paradero de micros donde yo me bajo siempre que tengo un encargo de las monjas, y junto al paradero un quiosco que no tengo idea si alguna vez habrá vendido algo porque siempre está cerrado. Yo trabajo en el mismo convento, porque algunas de las estatuas son grandes y pesadas y sería complejo trasladarlas. Las buenas hermanas me acomodaron un cuarto como taller.

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El sueño de Dios (relato)

El sueño de Dios
El sueño de Dios, por Juan Calamares

Por Juan Calamares.

Durante el último año una duda me ha obsesionado. Si todo sale como lo he previsto pronto la habré resuelto. Mi nombre fue el de Carlos Cienfuegos; pronto mi nombre se desgranará en el universo (he visto el universo). Ya no tengo nombre, lo busco con urgencia. Quizás estas líneas me ayuden a descubrirlo.

La fecha de mi nacimiento no existe. La fecha que dictan los certificados me sitúa abriendo los ojos al mundo en la primavera de 1970. Desde entonces hasta ahora transcurren 45 años. Durante la primavera pasada me encontraba trabajando en una obra literaria interminable y vacua, esto en el plano espiritual; mi existencia concreta (y la de mis tres hijos) era sustentada gracias a una pequeña tienda de abarrotes (en mi esnobismo la llamaba tienda de abarrotes, era en realidad un kiosco). Ambas cosas (mis tres hijos y el kiosco) me habían sido impuestas y eran responsables de mi desinterés por la vida. Mi trabajo dilataba la concreción del suicidio. No sabía ¿cómo podía saberlo? que la existencia podía transformarse así, sin mas, con mi solo deseo.

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