Archivo de la etiqueta: Sergio Amira

La columna gorda del Gordo Vimana: “Tuiques en Arsenarl”.

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unrelatedLee la primera parte, la segunda parte y la tercera parte.

Hola, ya me conocen. Soy el Gordo Vimana. O sea, si no han leído mis episodios anteriores entonces esta es la oportunidad para conocerme. O sea, estoy en una misión que me encomendó un viejito que no tengo la más puta idea en donde lo conocí, pero insiste en que le escriba un “algo” para su libro. O sea, yo no tengo idea de escribir, pero la gente insiste en que lo haga. Y me pagan por ello. O sea sí, les digo que soy crítico y toda la vaina, y la gente es tan weona que me cree. O sea, estoy en aprietos. Lee el resto de esta entrada

Vendetta (ficción)

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UnrelatedPor Tué-Tué.

Había pasado mucho tiempo desde que él dejo de publicar tonterías por las redes sociales. Todos pensaron que se fue de viaje a un lugar desconocido. Algunos creyeron que se fue al Tibet para liberarlo y aprender sobre la meditación, otros pensaron que se fue a entrenar las disciplinas de un antiguo clan de asesinos japoneses. Y unos pocos tuvieron la idea que viajo al sur de Chile a buscar una parte de su árbol genealógico, que supuestamente pertenecía al pueblo mapuche y, además, para aprender los conocimientos que poseían los kalkus y machis. Pero la verdad, es que nadie sabía adonde fue. Lee el resto de esta entrada

DETRÁS DE LAS RISAS: La verdadera historia de Grupo Erizo contada por sus protagonistas.

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erizo

Por Juan Calamares

Luis Saavedra: Una  noche  soñé  con un anciano  que decía llamarse  Padre Erizo. Me   dijo: “ve por  el mundo  y  busca  discípulos en mi nombre”. Y  así lo hice. Lee el resto de esta entrada

Noche de Brujas 2013: El último cómic de la Tierra (ficción)

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Time Enough at Last

Por Luis Saavedra

He aquí Remigio Aras. Un hombre normal en un mundo normal. Encajaba bien. Leía cómics, tomaba whisky en pantuflas. Nunca imaginó que esta vida de normalidad pudiera tener un final. Nunca imaginó que un placer tan sencillo como leer X-Men se volviera tan complicado. Porque nada es fácil y la vida es impredecible. Aquí, en la dimensión Eriza. Lee el resto de esta entrada

Noche de Brujas 2013: Bonus (ficción)

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Rod Serling

Rod Serling

En la Galería Nocturna de Erizo hay muchos cuadros. Algunos mejor ejecutados que otros. Algunos demuestran las pulsiones internas de sus autores y otros la visión externa de mundos terribles. Pero todos son dignos de admirar. Lee el resto de esta entrada

Erizo: Octubre/2013

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Ёжик в тумане

Ёжик в тумане

Cuando amaneció era 1 de octubre de 2013, pero eso era imposible. Los erizos chocaron sus copas por primera vez el 1 de septiembre de 2013 y no podía haber pasado un mes entero. Calamares, Saavedra y Amira se levantaron de la mesa, el sillón y el suelo, respectivamente, con una intensa resaca. “¿Qué sucedió ayer?” Pero ninguno de los amigos recordó exactamente. Saavedra elucubró una teoría sobre compresión del tiempo mediante el uso de materia extraña, cerca del horizonte de eventos de un miniagujero negro. Amira retrucó que eso se parecía al efecto jaunteador de Azazel de los X-Men, pero que en vez de espacio fue el tiempo. Y Calamares quiso opinar algo, pero no había entendido nada. Finalmente, todos acordaron que Septiembre de 2013 estaba completamente perdido y era mejor correr un velo tupido sobre el asunto.

Nuestro mini-especial Noche de Brujas. Porque los erizos también nos asustamos de nuestra sombras, escribimos un par de historias para el deleite del público de Erizo. Los esperamos y buen Halloween. El Último Cómic de la Tierra. Un hombre Amira americano en Londres. Y un Bonus Track.

Las creíbles y tecnológicas aventuras del innombrable: “Testamento”, por Patlicio Reinol. Siguen las comiquitas de Patlicio con su peculiar humor. En esa aventura, el Innombrable, alias ____ ____, vuelve realidad un antiguo sueño: ¡defenestrar públicamente a los erizos!

Gonzalo Fernández Bastías, el hombre tras Quemadura, por Sergio Alejandro Amira. Nuestro ínclito y circumbirúmbico y vitriólico (tres palabras difíciles de encontrar en el diccionario, y que no significan lo que usted cree, sino todo lo contrario, como la palabra fifiriche o secarral) Amira entrevista a Tué-Tué en vísperas de su corto Quemadura.

Los Plosoms, por Tué-tué. Nuestro querido escritor wannabe sigue sorprendiendo a la opinión pública con su osadía en esta tribuna. Ahora revisita un clásico de todos los tiempos en Erizo: Los Plosoms, esa enigmática creación de Andrés Silva Odellober, alias Pablín. El mismo Andrés elogia la escritura de Tué-Tué: “Me sorprendió gratamente, no me lo esperaba que su estilo fuera tan intenso y versatil, casi como el mío. Realmente lo felicito y le auguro un gran futuro en el inmenso mercado literario de los manuales de refrigeradores”.

Quemadura, el Origen, por Juan Calamares. ¿Quiere saber quién es este personaje, este nuevo héroe que viene a remecer conciencias sin quererlo? ¿Realmente tiene curiosidad por saber de donde viene su seudónimo de tan intensa emocionalidad? ¿Está seguro que desea conocer las intrincadas circunstancias que llevaron al nacimiento de Quemadura? Por que si no, puede ir a Disneyworld. Nosotros iríamos con usted.

Hacemos un sentido homenaje a Omar Vega que cumple un añito de bloqueo al grupo Erizo en Facebook. No sabemos por qué nos odia o si le hicimos algo reprochable. Quizás en alguna que otra ocasión hicimos comentarios poco apropiados sobre su virilidad, pero solo fueron meros juegos adolescentes. Como cuando los chicos del colegio te decían que tenías los zapatitos pequeños o te coloreaban los cachetes y te llamaban la Juana del 7mo. A. Pero solamente eran chistes inocentes que se olvidan con el paso del tiempo. En el fondo de nuestros corazoncitos, amamos a Omar Vega por ser el gran hombre de la ciencia y la tecnología que es. Por favor, Omar, desbloquéanos de Facebook.

Erizo: Agosto/2013

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Ёжик в тумане

Ёжик в тумане

Cuando los gatos fueron creados, Diosito dijo: “Hágase al gato hermoso, juguetón y que sea el dueño de los seres humanos”. El Perro, por supuesto, muy envidioso él, le dijo que a los seres humanos les encantaba oirlos corretear en el techo de las casas, pero que lamentablemente él no podía porque no sabía escalar. Yo sí, dijo el Gato. Qué bueno, Gato, pues anda y cumple tu cometido. Y es así cómo los gatos en Agosto se ponen suecos y bailotean en el techo de sus atormentados dueños, y son felices.

Las creíbles y tecnológicas aventuras de Omar Vega, por Patlicio Reinol. Y como un bonus track, Patlicio Reinol insiste en que leamos sus historietas sobre un tal Omar Vega, personajillo bizarro que tiene sus aventuras en el mundo de la ciencia y la ciencia ficción.

El Trámite, por Armando Rosselot (ficción). Terminamos este mes que presagia la primavera con una ficción absurda y refrescante que nos lleva por una de las odiseas más heroicas de todas: realizar un trámite en la sociedad contemporánea. Si Ionesco viviera, cuánta verdad encontraría en este pequeño texto.

Las creíbles y tecnológicas aventuras de Omar Vega (El Cyborg), por Patlicio Reynol. Como se venía asegurando, hoy estrenamos nuestra increíblemente fea serie de dibujitos, protagonizada por Omar Vega (quien más) y Tué-Tué. De la mente de un creador sin parangón como Patlicio Reinol. Esperemos sobrevivir a esto.

El Bueno, el Malo, el Feo y Sapiola, por Juan Calamares. Al fin, una de las más esperadas crónicas de Calamares y Saavedra. Cronológicamente es la primera y la presentación en sociedad de Miguel Ferrada como lo que realmente es: un villano.

En nuestra sección arqueológica bautizada como “Matrona intrusa” les mostramos un dracma del Imperio Erizo encontrado en una excavación de Puente Alto. La moneda muestra al Emperador Garchudo II de la dinastía Chimburazz, hijo de Garchudo I el Iconoclasta y nieto de Kinchaza el Solipsista. Lo notable del Imperio Erizo es que a diferencia de otras civilizaciones no tuvo contacto alguno con alienígenas ancestrales, razón por la cual todo lo que edificaron se desmoronó al cabo de un siglo.

El fin de Erizo (3era. parte): Interludio, por Calamares y Saavedra. Después de una prórroga de un mes, continuamos la saga que llevará a Erizo a la desaparición absoluta. Nuestros héroes aún se encuentran en el planeta de los Tué, pero el equipo creativo no sabe qué diablos hacer con ello. ¿Omar Vega podrá contar su historia?

Breve antología de los viriles poemas-haikús de Patlicio Reinol. Patlicio Reinol/recorre esta senda/brota el poema.

Si los erizos fuésemos los Cazafantasmas, Saavedra sería Egon Spengler, Remigio sería Ray Stantz y Calamares: Pegajoso. Nadie sería Peter Venkman porque solamente Bill Murray puede ser Peter Venkman.

Desde la cadena de noticias SAFA, del país de Mangonia, nos llega la noticia de que no hay noticias. Este portento estadístico, solo superado por el Censo 2012 en Chile, se basa en la teoría del fin de la historia de Fukuyama. El presidente de Mangonia ha decretado un estado de felicidad generalizada y que cada uno de sus habitantes posea un computador con acceso a la web de Erizo.

El Fin de Erizo (3era. parte): Interludio.

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¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

¡Al fin te has vuelto loco, Remigio!

Por Juan Calamares y Luis Saavedra

Leer 1era. parte, 2da. parte.

Estaban en la casa de Luis Saavedra.

—No me gusta que Omar tenga que explicar las cosas.

—Pero, Amira, es solo un recurso argumental para decirle a los lectores, que son todos idiotas, hacia donde se dirige la trama —dijo Juan Calamares y Saavedra hizo un disimulado gesto de impaciencia.

—Pero es un recurso tan demodé y yo soy un vanguardista. Lee el resto de esta entrada

Juramento Erizo

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erizoPor Juan Calamares

La primera vez que Luis Saavedra leyó a Isaac Asimov tenía 10 años. El libro se llamaba Fundación e Imperio y cuando Luis dio vuelta la última página sintió que su vida se terminaba. Estuvo una semana sumido en una especie de postración suicida hasta que un día su padre entró a su habitación y le arrojó otro libro. A ver si con esto sales de tu depresión pre puber, le dijo. Saavedra leyó el título del libro. Era 2001 de Artur Clarke ¿Cómo será esta cosa? dijo Saavedra. Al día siguiente ya había terminado con las aventuras de Bowman en el espacio y se había tragado su mutación de humano a ser de las estrellas y el libro le fascinó al punto de considerar a Asimov un fraude o lo que es peor, un imbécil. Aquel verano fingió una grave enfermedad y se la pasó leyendo las muchas novelas de ciencia ficción que le arrojaba su padre. Le arrojó muchas y siempre le llegaron en la cabeza. Le arrojó, por ejemplo, Escudo impenetrable de Poul Anderson, Ciudad de Cliford Simak, Mundo Anillo de Larry Niven y cada vez que Saavedra terminaba uno de aquellos ejemplares se quedaba con la impresión de que aquel era el mejor libro que había leído en su vida y que el anterior era una mierda integral. Así pasó su adolescencia y también gran parte de su juventud. A los 30 años era un erudito en ciencia ficción, lo que le impedía, por cierto, tener relaciones maduras con personas normales, es decir, personas que no leyeran ciencia ficción, por lo que decidió impartir talleres de ciencia ficción. A la primera reunión no asistió nadie. A la segunda llegaron dos viejecitas, pero por equivocación. A la tercera apareció su padre y le dijo que ya estaba cansado de que no hiciera nada por su vida (los talleres se impartían en el living de su casa) y lo echó. Pero Luis no cejó en su empeño y buscó trabajo como administrativo en el banco de Chile y se arrendó una pieza, en cuya puerta clavó un cartel que decía Talleres de ciencia ficción, pero la dueña de la casa le dijo que lo sacara. Entonces Luis buscó otra pieza y le pasó lo mismo. Y como en ninguna le permitían colocar el susodicho cartelito, se arrendó un departamento. Al mes de vivir en su departamento sacó el cartel de la puerta, porque había llegado a la conclusión de que era un imbécil y se puso a escribir una novela. La novela se llamaba El Payasito de porcelana y era de ciencia ficción: un criminal extraterrestre se oculta en un circo haciéndose pasar por payasito para evitar que el tribunal de justicia del espacio lo condene por faltas a la moral en la vía pública, crimen aborrecible en su planeta de origen. El payasito convive durante años con los otros especímenes del circo, que no son otra cosa que anormales y estúpidos y todo va de maravillas, hasta que un detective privado de nombre ¡Luis Saavedra!, decide comenzar a investigar… La mandó a varios concursos y a varias editoriales, pero no pasó nada, ni con una cosa ni con otra. Así que decidió volver a colocar el cartelito, pero esta vez tuvo una idea genial: lo acompañó con un aviso en el diario. Entonces golpeó a su puerta Juan Calamares.

Juan Calamares nunca había leído una novela de ciencia ficción, de hecho, ni siquiera sabía lo que era la ciencia ficción, a lo más le sonaba de algo por Star Wars. De hecho lo que quería era ser dramaturgo. Había escrito varias obras, pero ninguna compañía quería montarlas y cuando las había enviado a festivales había tenido la misma recepción que había tenido Saavedra en las editoriales. Por aquel entonces trabajaba en un restaurante llamado El Completo y tenía turnos cortados, es decir, que tenía disponibles las horas de la tarde para seguir pergeñando sus obras, que iban de duendes con problemas sexuales y de garzones asesinos y de cantautores folk que eran masacrados por garzones asesinos. Ese tipo de cosas. A la semana lo despidieron del restaurante y Juan buscó trabajo en otro restaurante, uno chino y elegante. Y durante la hora de almuerzo en lugar de comer wantang seguía escribiendo. Ahora preparaba su sexta obra que trataba de un policía psicótico con sobrepeso que acosaba a una mujer, inspirada en su ex, y que terminaba casándose con ella, pese a las objeciones del protagonista, que era el mismo Juan. Cuando terminó la obra un chino lo despidió del restaurante. Buscó trabajo en otro restaurante y también lo despidieron y después buscó en otro y le pasó lo mismo. Y así estuvo varios años entrando y saliendo de restaurantes, sospechando que su foto corría por las oficinas nacionales de la administración culinaria, como si él fuera una especie de fugitivo del viejo oeste muy, pero muy peligroso. Entonces Juan quiso suicidarse. Pero un día alguien lo salvó porque le dijo que su obra EL rostro de Michael Jackson tenía reminiscencias de ciencia ficción, lo que era cierto, pese a que ese alguien se lo había dicho como una crítica. Ese alguien se llamaba Sergio Amira.
Sergio Amira era un estudiante de intercambio, aficionado a los comics. Había nacido en Puerto Varas pero a los 15 año lo habían mandado estudiar a Inglaterra. Cuando arribó a Londres llevaba una lonchera de Hulk. Le encantaba Hulk. De hecho, sentía que lo unían vínculos especiales con Hulk, vínculos casi metafísicos. En la escuela tuvo problemas con sus compañeros. Le molestaba que sus conversaciones fueran de Brit pop y de rave en lugar de Hulk. Se sintió fuera de sitio desde el primer día. Era un outsider. Cuando salió de la escuela decidió estudiar arte. Pero le molestaba mucho que sus compañeros alucinaran con Jean Michael Basquiat en lugar de Jack Kirby. De hecho ya le molestaba casi todo. Hasta cuando se miraba en el espejo se sentía furioso. Entonces se salió de la escuela y entró a estudiar literatura. Lo que más molestó de la carrera de literatura fue que su profesor hablara de los nuevos valores de la narrativa anglosajona, pero que no considerara a Stan Lee. Entonces Sergio decidió cambiarse otra vez de carrera. Para estas alturas los profesores lo consideraban un chico con graves problemas mentales, así que le cancelaron la matrícula. Entonces Segio escribió su primer comic. Se llamaba Niño Nuclear  e iba sobre un  chico que descubría que tenía superpoderes y de sus conflictos adolescentes y de un archi villano con graves problemas mentales que se enojaba por todo. Sergio entregó la historieta y se vendió bien, pero cuando le tocó la hora de cobrar recibió un cheque por 15 dólares. ¿Y dónde está el resto?, preguntó Sergio. El editor le dio una explicación que sonaba a mierda y Sergio supo que lo habían estafado. Estalló en furia a la manera de Hulk, pero a diferencia de Hulk no tenía super fuerza, así que lo desalojaron del edificio. Vagó por las sombrías calles de Londres como un Hulk victoriano, llorando y mascullando su ira, con una botella de Jack Daniel’s, que olía a mierda y alcohol, pero principalmente a mierda, igual que Londres y la universidad y el College. A la mañana siguiente tomó el primer vuelo de regreso a Chile.

Cuando Calamares se presentó con Saaavedra, este le preguntó cómo se había enterado del taller. ¿Fue por el cartelito?, preguntó Saavedra. No, respondió Calamares, fue por Sergio Amira. ¿Ah, sí?, dijo Saavedra, ¿y quién es Sergio Amira?. Calamares le explicó que era un tipo que había conocido en un bar: es un hombre extraño e incómodo, le dijo, pero muy versado en historietas. Calamares se encogió de hombros. Entonces Saavedra lo invitó a pasar y le sirvió jugo natural. No tengo cerveza, se excusó. Y luego miró la cara de Calamares y este, a su vez, miró la cara de Saavedra y estuvieron así un buen rato, mirándose las caras sin saber que decir. Y bueno, dijo Calamares, así que tu impartes el taller. Sí, claro, dijo Saavedra, y entonces corrió a su habitación y cuando regresó traía un montón de fichas y diapositivas y acomodó todo sobre un cajón de verduras. No me alcanzó para comprar una mesa de centro, dijo Saavedra. Yo quiero saber todo sobre la ciencia ficción, dijo Calamares. Y eso es precisamente lo que obtendrás con mis clases, dijo Saavedra. Dicho esto extendió una sábana en la pared y clavó las puntas con un martillo. Enciende el proyector, por favor, dijo Saavedra. No sé cómo se hace, respondió Calamares. En ese momento llamaron a la puerta. Por la mierda, dijo Saavedra, ahora voy a tener que soltar la sábana. Saavedra abrió la puerta. El que estaba del otro lado era Sergio Amira y, en efecto, era un hombre extraño e incómodo, pero muy versado en historietas. Mucho gusto, dijo Saavedra. Luego señaló a Calamares, diciendo: ustedes ya se conocen. No, dijo Amira, yo no lo conozco a él. ¿Cómo qué no?, dijo Calamares. Ah, sí, recordó Amira, creo que nos conocimos en un casino. En un bar, corrigió Calamares, en el bar donde trabajo. Bueno, dijo Saavedra, observando a sus curiosos contertulios, ¿comenzamos con la clase?. ¿Qué clase?, dijo Amira. El taller de ciencia ficción, dijo Calamares. Ah, verdad, dijo Amira. Y así se pasaron gran parte de la tarde como los Hermanos Marx, sin llegar a ningún puerto, sin hacer ninguna exposición, ni ninguna consulta, a lo más, dejando que la tarde languideciera y observando el sol que caía por la ventana. A las ocho, Calamares dijo: Creo que esta tarde ha sido muy poco provechosa, de hecho, creo que es la tarde menos provechosa que he pasado jamás. Es verdad, dijo Amira. Muy cierto, confirmó Saavedra. Se quedaron en silencio, observando la sábana y el proyector que no arrojaba ningún tipo de imagen, solo un haz de luz cargado de nada, cargado de pura mierda. Exijo mi dinero de vuelta, dijo Calamares. Saavedra se vació los bolsillos y dijo que no le habían pagado. Es verdad, dijo Calamares, disculpa. Para estas alturas Sergio Amira se había desmoronado y le dio por hablar de Londres y de su fracaso en la escuela de arte y en la escuela de literatura y de la estafa de la que había sido víctima. Se abrió la chaqueta y sacó una botella de Jack Daniel’s y bebió un largo sorbo y entonces le pasó la botella a Calamares. Yo también estoy desmoralizado, dijo Calamares. Apuró la botella y se la pasó a Saavedra. Saavedra bebió y dijo: la vida es una puta mierda y la ciencia ficción no podrá salvarme. Calamares escuchó la declaración de Saavedra, una declaración cargada de dolor y de pesar, una declaración que bien podía ser la confirmación, no sólo de sus años perdidos, si no de los años perdidos de él mismo y probablemente de los de Amira. Calamares dijo: tal vez la ciencia ficción sí nos salve. ¿Y cómo?, dijo Amira estrellando la botella de Jack Daniel’s contra el cajón de verduras de Saavedra, ¿y cómo?. No lo sé, dijo Calamares, sólo lo dije por decir algo, ¿qué opinas tú, Saavedra?. Saavedra, que estaba recogiendo lo pedazos de vidrio con una escoba y una pala, aterrorizado de tener a aquellos delirantes en su casa, dijo: ¿Qué, cómo, cuándo?. Estábamos preguntándonos como la ciencia ficción podría salvarnos, dijo Calamares. Saavedra lo miró y se quitó las gafas y las humedeció con el aliento. Dijo: Bueno, yo creo que siendo aquel un género tan lleno de mediocres, cualquier escritor con un mínimo de talento podría triunfar en él. Tiene razón, dijo Amira, el cegatón tiene razón. Somos escritores, ¿no es cierto?. Bueno, este, sí, dijo Calamares. Claro, dijo Saavedra, pero yo ya mandé una novela a varias editoriales y todas la rechazaron y las cartas de rechazo no fueron para nada amistosas, en algunas me llamaron estúpido. Amira lo ignoró y dijo: Entonces les propongo que seamos escritores de ciencia ficción. Pero si yo ya lo soy, dijo Saavedra. Pero que seamos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo, continuó Amira, sin prestar atención a Saavedra. Es una buena idea, dijo Calamares. Perfecto, dijo Amira, entonces juremos, vamos, repitan conmigo: Yo, Sergio Amira, Luis Saavedra y Juan Calamares juramos que seremos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo y que seremos recordados para siempre. Y así aquellos perdedores juraron. Y así fue. Está escrito. Salve.