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La Madre Erizo

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La Madre   erizo  recibe  a los tres   chifladejes

Por Tué Tué

En una media agua grande, destartalada y húmeda, obviamente la casa de Saavedrege, se encontraban los Erizos. Serege Amirege con su clásica botella de Black Daniels. Todos sentados en cajones de verduras y teniendo orgías sexuales caníbales entre ellos. Destacandose la de Calamarege y Saavedrege como la más nauseabunda. Pero estoy divagando, como lo hice en 1954. Fue una completa locura. Tantos robots destruidos y clones muertos… En fin, lo importante es que en esta reunión, uno de sus miembros realizaría una predicción. Su nombre es Visho, por si no lo sabían. Influenciado por cerveza y tal vez un Black Daniels que le robó a Amirege, Visho se ubicó en medio de los Erizos y delante del Padre Erizo y sin que nadie pudiera detenerlo, dijo: “De las llanuras húmedas del valle de la Mocha, nacerá una niña de madre pedagoga en artes, profesión mal vista en esta patria infame, y padre hippie, por lo menos eso creo yo. Esa niña, traerá luz y esperanza a los Erizos, que han caído en los vicios y excesos de su líder. La Madre Erizo, sera nuestra maestra ahora…” Luego, comenzó a tirar espuma por la boca y convulsionar en el piso.

Los Erizos rieron por la cantidad de estupideces salidas de la boca de Visho, pero sobre todo, porque a Amirege le dio por arrojarle Black Daniels encima.

Los Erizos no tomaban en serio a Visho, ya que siempre decía incoherencias y estupideces, como su extraña teoría sobre el origen del universo, llamada “Big Bag”. Ésta aseguraba que a dios se le había caído la cartera y que de su interior había salido todo su contenido. Creando de esta forma el universo que conocemos y por conocer. Visho aseguraba que en algún momento, dios recogería las cosas de su cartera, lo cual implicaría el fin del universo. Por eso los Erizos se burlaban de él y no lo tomaban en serio. Sin embargo, el Padre Erizo, el más sabio de todos ellos y la vez el más idiota, estaba preocupado por la predicción. Sabía que en algún momento del tiempo y el espacio, entre tantas orgías caníbales, aparecería la Madre Erizo y se apodaría de su puesto. Así fue, que mando llamar a Ferradege, Amirege y Calamarege, los llamados “Los Tres Chiflados”. Un trió del cual no formaba parte Saavedrege, ya que había sido violado y comido por los Erizos. Los Tres Chiflados respondieron al llamado del Padre y éste le dijo:
– Hijos míos, viajen a Concepción y busquen a la llamada, “Madre Erizo”, y acaben con ella…
– Pero Padre… – Interrumpió Calamarege con temor en su corazón– Según Visho, ella se encontraría en el valle de la Mocha…
– ¡Así es! – Reforzaron Amirege y Ferradege. Pero los tres recibieron una cachetada del Padre Erizo, de una sola vez. – ¡Trió de idiotas!. Concepción está en el valle de la Mocha. Así que, hagan lo que he comandado yo, su único e inigualable maestro…. ¡Vayan! – dijo apuntando hacia la puerta de la media agua.
Los tres Erizos se inclinaron ante su maestro, pero al hacerlo se golpearon sus cabezas, una contra otra. Luego, se fueron de la media agua, pisado los restos de Saavedrege.
Cuando llegaron a Concepción, que estaba azotada por un temporal, los tres chiflados comenzaron su búsqueda. Primero en un ciber-café, donde en un computador, Amirege ingresó las palabras “Madre pedagoga en artes y padre hippie”. Pero solo encontró artículos y algunos pdf. Luego, a Ferradege se lo ocurrió revisar hospitales y clínicas para ver si encontraban a la niña. Pero lo que descubrieron fue que las instituciones de salud no entregan información de sus recién nacidos a tarados como ellos y que patean muy fuerte el trasero. Cuando veían perdida la misión encomendada por su Padre, los tres chiflados se sentaron bajo las piernas de un T-Rex, en la Plaza Acevedo. Estaban tristes y resignados ante el castigo cruel que recibirían del Padre Erizo, mientras se golpeaban extrañamente unos a otros, echándose la culpa mutuamente. De pronto Calamarege vio pasar a Tue-Tue, quien iba sacando el tono de su quena para guiar a extraños y monstruosos seres. Estos eran invisibles, pero eran visibles en la cabeza de Tue-Tue. Tue-Tue también era un Erizo, aunque a veces su enfermiza mente lo dudaba. Mente atormentada por las ideas que intentaban salir por la entrada angosta de su cabeza, para ser materializadas por él en el mundo en que vivimos. Pero la verdad, es que era un Erizo que recibía mucho bullying, por los mismos que consideraba compañeros… Discúlpeme. Una vez más me salí del tema…En fin, Calamarege sabía que si seguían a Tue-Tue podrían encontrar a la Madre Erizo. Pero era por una tonta corazonada, no tenía una razón lógica y aceptable y más aún, tecnológica y creíble, para seguir a aquel que, a pesar de ser un lerdo de la ortografía, era el mensajero del caos. Sabía muy bien, que Tue-Tue era guiado por fuerzas extrañas y extravagantes, las cuales lo conducían hacia eventos que llamamos “coincidencias”. Era sabido que una vez encontró por “casualidad” a Jorge Baradit en un mall en Los Ángeles, en una librería, y que otra vez entre revistas viejas y libros polvorientos, halló un cómic original de “Sandman”. Por esta razón lo siguieron por todo Conce, sin saber que a Tue-Tue le gustaba caminar largas distancias. Después de una agotadora caminata, en que Amirege fue abordado por testigos de jehová, Ferradege atacado por un grupo de queltehues y Calamarege… bueno digamos, que nunca se meterá con una mujer por un buen tiempo. De cualquier forma, eso le pasa por caminar en la intercepción de las calles Bulnes con Orompello… En fin, Los Tres Chiflados llegaron a una clínica muy costosa, siguindo al enajenado Tue-Tue. Pero en un momento lo perdieron de vista porque dejó de tocar su quena. Estuvieron varios minutos perdidos, en los infinitos pasillo pulcros de la clínica y cuando Ferradege se puso impaciente, le mandó un golpe en la nariz a Amirege, por haber perdido a Tue-Tue al distraerse por tomar su Daniels. Luego, sin razón aparente, le mandó una patada justo en el coxis a Calamarege y le dijo:
– Por culpa tuya, perdimos el tiempo siguiendo a ese truhan. Debería…

– ¡Espera Amirege! – Interrumpió Calamarege, señalando una habitación con la puerta abierta, justo antes que Amirege le diera un golpe al hígado –. Ahí está, ¡El Tue-Tue!.
Los Tres Chiflados asomaron sus cabeza hacia la habitación, uno abajo del otro en el orden de Calamarege, Amirege y Ferradege. Ellos vieron, como el Tue-Tue estaba feliz, algo muy raro en tan extraño “cryptid”, viendo a una pequeña recién nacida, que tenía los ojos bien abiertos y no dejaba de chuparse su pequeña manita. Cuando vieron con más detalle que otras personas estaban en la habitación, notaron al padre de la criatura, que parecía estar siempre relajado, un hippie cualquiera, y la madre de ésta, una mujer que reflejaba una sensibilidad artística única y la vez el peso de una lucha sin fin, una pedagoga en artes por cierto. Así fue, que Los Tres Chiflados se dieron cuenta de que la pequeña que miraba a Tue-Tue, era la Madre Erizo a la que tanto buscaban. Así que sin más pensar, Los Tres Chiflados sacaron sus armas hechizas y se abalanzaron hacía la bebé. Pero el Tue-Tue les hizo frente con una máscara en el rostro, (que se lo coloco en un nanosegundo).
– ¡Alto ahí! – dijo Tue-Tue con su puño al frente y asustando a sus oponentes –. Vosotros, han sido guiados por mi quena maldita, como ratones de Hamelín al río, para que contempléis la luz que guiara a los erizos a una nueva generación de locuras y manías obsesivas. Así fue, como ustedes tres fueron engañados por el terror de Conce… Contemplad a la bebé – Tue-Tue, sacó a la bebé de su cuna y la alzó, bajo la mirada preocupada de una madre a punto de matarlo, cuyo nombre, por cierto, es Pame –, Leonor entre todas las de su estirpe. La Madre Erizo.
Amirege, Ferradege y Calamarege quedaron tan sorprendidos por el aura que la bebé Leonor, que arrojaron sus armas al piso y se arrodillaron antes de que sus ojos padecieran cataratas por la luz que emanaba la pequeña criatura, que no dejaba de decir “mamamama”. Los Tres Chiflados, no pudieron hacer lo ordenado por el Padre Erizo. Cautivados por la pureza de la bebé que transmitía vida e inteligencia extraterranea de sus ojos. Entonces la mamá rescató a su hija y golpeó brutalmente a Tue-Tue, quien por una suerte milagrosa logró sobrevivir. Pero con secuelas, claro está. Cualquiera pensaría al leer este bodrio de relato, que las horas estaban contadas para quien sería la cabeza y soporte de los Erizos. Sin embargo, Leonor tomaría su lugar al cumplir 30 años de edad. Así que, el Padre Erizo seguiría en el poder y disfrutaría todo lo que con lleva. Claro está, por ahora… ¡Muajajaja!

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DETRÁS DE LAS RISAS: La verdadera historia de Grupo Erizo contada por sus protagonistas.

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erizo

Por Juan Calamares

Luis Saavedra: Una  noche  soñé  con un anciano  que decía llamarse  Padre Erizo. Me   dijo: “ve por  el mundo  y  busca  discípulos en mi nombre”. Y  así lo hice. Lee el resto de esta entrada

Miguel Ferrada pacta con Mortis (ficción)

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Miguel Ferrada es transformado por Mortis

“Soy el Doctor Mortis, el que  no tiene principio ni tendrá  fin”

Juan Marino

El otro día  estaba en mi  tienda de antejos cuando apareció  Miguel Ferrada. Entró sin saludar  y se dejó caer en el asiento. Se veía afligido.  Me  dijo que acababa de ganar  un Fondart ( Miguel Ferrada  siempre  se está  ganando  el   Fondart) para   publicar la segunda parte de su novela Mortis (Mortis es la muerte, es el contrario del Altísimo), pero que se había  gastado  toda  la plata en ropa  cara y a ahora  temía que lo embargaran.

–¿Sabes  cuantos  animales murieron para  que  yo pudiera usar este abrigo de piel? – me dijo–.  ¿Qué  clase  de país es  este?

–Bueno pero no deberías usar  ropa echa  con animales.

–Pero  si es un abrigo de piel Dolce y Gabbana

En eso sonó su celular  y   contestó.  Lo estaba llamando el  receptor  judicial  para    indicarle    el monto  que debía. Le  dio  una  forma de pago y  un plazo  y  durante  todo el rato Ferrada  sollozó  y  rogó y  dijo cosas  sin sentido  y varias veces  mencionó   el    corte  de su traje sastre  y  refirió  también   el  hecho de que un hombre  podía lucir  bien  sin ser castigado por eso. Cuando  cortó  estaba desesperado.

–Ves – dijo– este país es una mierda.

–Lo sé–  dije–, pero  ¿no sería  bueno que  te  mudaras?, así no podrán embargarte.

–Y dejar que mi  ropa se  estropee. Ni hablar.

Ferrada se indignó un poco  y se  fue.

Yo  me pasé el resto de la  tarde   pensando en maneras de  defraudar  al  fisco y  escribí  varios  poemas contra el poder  judicial  y  deseé que Horst  Paulmann  fuese  devuelto a su Alemania  natal o desterrado a la Antártida.

Al  día  siguiente  me llamó  Ferrada. Estaba muy contento porque  había solucionado  su problema.

–¿Te animaste a cambiar de casa?– dije.

–No, pagué mi deuda, pues es justo que lo haga. Un  hombre  debe  cumplir sus compromisos.

Le  dije que  me alegraba  pero  me pareció  muy raro  su cambio de actitud.

Cuando llegué a mi casa llovía. Me preparé  un café  y me   fumé  varios  cigarros  y  prendí la  tele y   entonces  vi a Ferrada.  Lo estaban  entrevistando porque  la primera  parte de su novela Mortis  había  ganado el premio Heralde (cosa  que nunca había  pasado en la historia  porque el premio Herralde no contempla la  línea de novela  gráfica) y la  periodista no paraba de alabar su   ropa  y lo  bien que lucía y su peinado y  sus ojos, etc. Cambié  la tele. También lo estaba entrevistando CNN y el   canal de  manualidades. Me  alegré  mucho por  Ferrada y  me  dormí. Soñé con una estampida de antílopes  que   corría por un mundo desértico  y en  formación. Los antílopes  grababan  sus    huellas  en la lava y  el  mensaje que  dibujaban decía: “No queremos que Ferrada nos  use  para vestirse. Merecemos protección del Greenpeace”.

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La venganza del payasito de porcelana

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et2

Por    Juan Calamares

A Luis Saavedra

“Mi casa. Teléfono”

E.T.

Ahora que estoy viejo me ha dado por contar historias. Es una mala idea porque a los viejos nadie los escucha, salvo otros viejos, quienes por lo general son sordos o simplemente se mueren a mitad de la narración. Lo bueno es que uno puede contar lo que sea y a nadie le importa. En fin, el otro día, estaba con los viejos del asilo y les conté una historia que me pasó de joven:

“Yo era periodista y un día me mandaron a hacer una nota sobre un circo pobre. A mí los circos siempre me han repugnado hasta la náusea, sobre todos los pobres y el que la gente los considere románticos es un absurdo del que debemos culpar a Fellini. Pero no estamos para hablar de Fellini, sino del circo: Estaba mirando el espectáculo cuando un payaso llamó mi atención. Era un enano muy blanco y como payaso era pésimo, ni saltaba, ni hacía piruetas, ni nada. Cuando el espectáculo terminó me fui al trailer de los payasos a pedir explicaciones y me atendió una gorda con media hamburguesa en la boca. ¿Dónde está el enano?, dije. ¿Que enano? dijo la gorda. El payaso de medio metro. Ah, ese, dijo la gorda, está en el trailer de al frente. Así que me fui al trailer de al frente. Pero como no salía nadie me puse a leer un libro de ciencia ficción. Yo siempre estoy leyendo esas baratijas; me gustan los monstruos, los robots y los capitanes con arma láser. No soy de gustos exigentes; también me gustan las películas de Nicolás López. En fin, de pronto la puerta del trailer se abrió sola y pasé. Era un completo desastre: botellas de pisco, colillas de cigarro y revistas porno. ¿Hay alguien aquí?, pregunté. Entonces apareció el enano. Lee el resto de esta entrada

Cortando cabelleras en el fin del mundo (Salfate saca provecho del apocalipsis zombie)

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Zombies

Por Juan Calamares

–Un actor de cine –dijo Ferrada.

–Tom Cruise –respondí.

–Excelente ¿Y cómo lo harías?

–Le partiría las rodillas con un martillo y cuando estuviera en el piso le enterraría el cañón en la boca y haría fuego.

–Estupendo.

Ferrada levantó una mano solicitando una pausa y luego abrió su ataché Gucci y sacó un impermeable de plástico que procedió a colocarse, sin dejar de mirar al zombie, que a su vez lo observaba con furia. Le tronó los dedos en la cara, sonriendo y el zombie intentó morderle la mano. Ferrada lo abofeteó.

–Un político –dije. Lee el resto de esta entrada

Juramento Erizo

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erizoPor Juan Calamares

La primera vez que Luis Saavedra leyó a Isaac Asimov tenía 10 años. El libro se llamaba Fundación e Imperio y cuando Luis dio vuelta la última página sintió que su vida se terminaba. Estuvo una semana sumido en una especie de postración suicida hasta que un día su padre entró a su habitación y le arrojó otro libro. A ver si con esto sales de tu depresión pre puber, le dijo. Saavedra leyó el título del libro. Era 2001 de Artur Clarke ¿Cómo será esta cosa? dijo Saavedra. Al día siguiente ya había terminado con las aventuras de Bowman en el espacio y se había tragado su mutación de humano a ser de las estrellas y el libro le fascinó al punto de considerar a Asimov un fraude o lo que es peor, un imbécil. Aquel verano fingió una grave enfermedad y se la pasó leyendo las muchas novelas de ciencia ficción que le arrojaba su padre. Le arrojó muchas y siempre le llegaron en la cabeza. Le arrojó, por ejemplo, Escudo impenetrable de Poul Anderson, Ciudad de Cliford Simak, Mundo Anillo de Larry Niven y cada vez que Saavedra terminaba uno de aquellos ejemplares se quedaba con la impresión de que aquel era el mejor libro que había leído en su vida y que el anterior era una mierda integral. Así pasó su adolescencia y también gran parte de su juventud. A los 30 años era un erudito en ciencia ficción, lo que le impedía, por cierto, tener relaciones maduras con personas normales, es decir, personas que no leyeran ciencia ficción, por lo que decidió impartir talleres de ciencia ficción. A la primera reunión no asistió nadie. A la segunda llegaron dos viejecitas, pero por equivocación. A la tercera apareció su padre y le dijo que ya estaba cansado de que no hiciera nada por su vida (los talleres se impartían en el living de su casa) y lo echó. Pero Luis no cejó en su empeño y buscó trabajo como administrativo en el banco de Chile y se arrendó una pieza, en cuya puerta clavó un cartel que decía Talleres de ciencia ficción, pero la dueña de la casa le dijo que lo sacara. Entonces Luis buscó otra pieza y le pasó lo mismo. Y como en ninguna le permitían colocar el susodicho cartelito, se arrendó un departamento. Al mes de vivir en su departamento sacó el cartel de la puerta, porque había llegado a la conclusión de que era un imbécil y se puso a escribir una novela. La novela se llamaba El Payasito de porcelana y era de ciencia ficción: un criminal extraterrestre se oculta en un circo haciéndose pasar por payasito para evitar que el tribunal de justicia del espacio lo condene por faltas a la moral en la vía pública, crimen aborrecible en su planeta de origen. El payasito convive durante años con los otros especímenes del circo, que no son otra cosa que anormales y estúpidos y todo va de maravillas, hasta que un detective privado de nombre ¡Luis Saavedra!, decide comenzar a investigar… La mandó a varios concursos y a varias editoriales, pero no pasó nada, ni con una cosa ni con otra. Así que decidió volver a colocar el cartelito, pero esta vez tuvo una idea genial: lo acompañó con un aviso en el diario. Entonces golpeó a su puerta Juan Calamares.

Juan Calamares nunca había leído una novela de ciencia ficción, de hecho, ni siquiera sabía lo que era la ciencia ficción, a lo más le sonaba de algo por Star Wars. De hecho lo que quería era ser dramaturgo. Había escrito varias obras, pero ninguna compañía quería montarlas y cuando las había enviado a festivales había tenido la misma recepción que había tenido Saavedra en las editoriales. Por aquel entonces trabajaba en un restaurante llamado El Completo y tenía turnos cortados, es decir, que tenía disponibles las horas de la tarde para seguir pergeñando sus obras, que iban de duendes con problemas sexuales y de garzones asesinos y de cantautores folk que eran masacrados por garzones asesinos. Ese tipo de cosas. A la semana lo despidieron del restaurante y Juan buscó trabajo en otro restaurante, uno chino y elegante. Y durante la hora de almuerzo en lugar de comer wantang seguía escribiendo. Ahora preparaba su sexta obra que trataba de un policía psicótico con sobrepeso que acosaba a una mujer, inspirada en su ex, y que terminaba casándose con ella, pese a las objeciones del protagonista, que era el mismo Juan. Cuando terminó la obra un chino lo despidió del restaurante. Buscó trabajo en otro restaurante y también lo despidieron y después buscó en otro y le pasó lo mismo. Y así estuvo varios años entrando y saliendo de restaurantes, sospechando que su foto corría por las oficinas nacionales de la administración culinaria, como si él fuera una especie de fugitivo del viejo oeste muy, pero muy peligroso. Entonces Juan quiso suicidarse. Pero un día alguien lo salvó porque le dijo que su obra EL rostro de Michael Jackson tenía reminiscencias de ciencia ficción, lo que era cierto, pese a que ese alguien se lo había dicho como una crítica. Ese alguien se llamaba Sergio Amira.
Sergio Amira era un estudiante de intercambio, aficionado a los comics. Había nacido en Puerto Varas pero a los 15 año lo habían mandado estudiar a Inglaterra. Cuando arribó a Londres llevaba una lonchera de Hulk. Le encantaba Hulk. De hecho, sentía que lo unían vínculos especiales con Hulk, vínculos casi metafísicos. En la escuela tuvo problemas con sus compañeros. Le molestaba que sus conversaciones fueran de Brit pop y de rave en lugar de Hulk. Se sintió fuera de sitio desde el primer día. Era un outsider. Cuando salió de la escuela decidió estudiar arte. Pero le molestaba mucho que sus compañeros alucinaran con Jean Michael Basquiat en lugar de Jack Kirby. De hecho ya le molestaba casi todo. Hasta cuando se miraba en el espejo se sentía furioso. Entonces se salió de la escuela y entró a estudiar literatura. Lo que más molestó de la carrera de literatura fue que su profesor hablara de los nuevos valores de la narrativa anglosajona, pero que no considerara a Stan Lee. Entonces Sergio decidió cambiarse otra vez de carrera. Para estas alturas los profesores lo consideraban un chico con graves problemas mentales, así que le cancelaron la matrícula. Entonces Segio escribió su primer comic. Se llamaba Niño Nuclear  e iba sobre un  chico que descubría que tenía superpoderes y de sus conflictos adolescentes y de un archi villano con graves problemas mentales que se enojaba por todo. Sergio entregó la historieta y se vendió bien, pero cuando le tocó la hora de cobrar recibió un cheque por 15 dólares. ¿Y dónde está el resto?, preguntó Sergio. El editor le dio una explicación que sonaba a mierda y Sergio supo que lo habían estafado. Estalló en furia a la manera de Hulk, pero a diferencia de Hulk no tenía super fuerza, así que lo desalojaron del edificio. Vagó por las sombrías calles de Londres como un Hulk victoriano, llorando y mascullando su ira, con una botella de Jack Daniel’s, que olía a mierda y alcohol, pero principalmente a mierda, igual que Londres y la universidad y el College. A la mañana siguiente tomó el primer vuelo de regreso a Chile.

Cuando Calamares se presentó con Saaavedra, este le preguntó cómo se había enterado del taller. ¿Fue por el cartelito?, preguntó Saavedra. No, respondió Calamares, fue por Sergio Amira. ¿Ah, sí?, dijo Saavedra, ¿y quién es Sergio Amira?. Calamares le explicó que era un tipo que había conocido en un bar: es un hombre extraño e incómodo, le dijo, pero muy versado en historietas. Calamares se encogió de hombros. Entonces Saavedra lo invitó a pasar y le sirvió jugo natural. No tengo cerveza, se excusó. Y luego miró la cara de Calamares y este, a su vez, miró la cara de Saavedra y estuvieron así un buen rato, mirándose las caras sin saber que decir. Y bueno, dijo Calamares, así que tu impartes el taller. Sí, claro, dijo Saavedra, y entonces corrió a su habitación y cuando regresó traía un montón de fichas y diapositivas y acomodó todo sobre un cajón de verduras. No me alcanzó para comprar una mesa de centro, dijo Saavedra. Yo quiero saber todo sobre la ciencia ficción, dijo Calamares. Y eso es precisamente lo que obtendrás con mis clases, dijo Saavedra. Dicho esto extendió una sábana en la pared y clavó las puntas con un martillo. Enciende el proyector, por favor, dijo Saavedra. No sé cómo se hace, respondió Calamares. En ese momento llamaron a la puerta. Por la mierda, dijo Saavedra, ahora voy a tener que soltar la sábana. Saavedra abrió la puerta. El que estaba del otro lado era Sergio Amira y, en efecto, era un hombre extraño e incómodo, pero muy versado en historietas. Mucho gusto, dijo Saavedra. Luego señaló a Calamares, diciendo: ustedes ya se conocen. No, dijo Amira, yo no lo conozco a él. ¿Cómo qué no?, dijo Calamares. Ah, sí, recordó Amira, creo que nos conocimos en un casino. En un bar, corrigió Calamares, en el bar donde trabajo. Bueno, dijo Saavedra, observando a sus curiosos contertulios, ¿comenzamos con la clase?. ¿Qué clase?, dijo Amira. El taller de ciencia ficción, dijo Calamares. Ah, verdad, dijo Amira. Y así se pasaron gran parte de la tarde como los Hermanos Marx, sin llegar a ningún puerto, sin hacer ninguna exposición, ni ninguna consulta, a lo más, dejando que la tarde languideciera y observando el sol que caía por la ventana. A las ocho, Calamares dijo: Creo que esta tarde ha sido muy poco provechosa, de hecho, creo que es la tarde menos provechosa que he pasado jamás. Es verdad, dijo Amira. Muy cierto, confirmó Saavedra. Se quedaron en silencio, observando la sábana y el proyector que no arrojaba ningún tipo de imagen, solo un haz de luz cargado de nada, cargado de pura mierda. Exijo mi dinero de vuelta, dijo Calamares. Saavedra se vació los bolsillos y dijo que no le habían pagado. Es verdad, dijo Calamares, disculpa. Para estas alturas Sergio Amira se había desmoronado y le dio por hablar de Londres y de su fracaso en la escuela de arte y en la escuela de literatura y de la estafa de la que había sido víctima. Se abrió la chaqueta y sacó una botella de Jack Daniel’s y bebió un largo sorbo y entonces le pasó la botella a Calamares. Yo también estoy desmoralizado, dijo Calamares. Apuró la botella y se la pasó a Saavedra. Saavedra bebió y dijo: la vida es una puta mierda y la ciencia ficción no podrá salvarme. Calamares escuchó la declaración de Saavedra, una declaración cargada de dolor y de pesar, una declaración que bien podía ser la confirmación, no sólo de sus años perdidos, si no de los años perdidos de él mismo y probablemente de los de Amira. Calamares dijo: tal vez la ciencia ficción sí nos salve. ¿Y cómo?, dijo Amira estrellando la botella de Jack Daniel’s contra el cajón de verduras de Saavedra, ¿y cómo?. No lo sé, dijo Calamares, sólo lo dije por decir algo, ¿qué opinas tú, Saavedra?. Saavedra, que estaba recogiendo lo pedazos de vidrio con una escoba y una pala, aterrorizado de tener a aquellos delirantes en su casa, dijo: ¿Qué, cómo, cuándo?. Estábamos preguntándonos como la ciencia ficción podría salvarnos, dijo Calamares. Saavedra lo miró y se quitó las gafas y las humedeció con el aliento. Dijo: Bueno, yo creo que siendo aquel un género tan lleno de mediocres, cualquier escritor con un mínimo de talento podría triunfar en él. Tiene razón, dijo Amira, el cegatón tiene razón. Somos escritores, ¿no es cierto?. Bueno, este, sí, dijo Calamares. Claro, dijo Saavedra, pero yo ya mandé una novela a varias editoriales y todas la rechazaron y las cartas de rechazo no fueron para nada amistosas, en algunas me llamaron estúpido. Amira lo ignoró y dijo: Entonces les propongo que seamos escritores de ciencia ficción. Pero si yo ya lo soy, dijo Saavedra. Pero que seamos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo, continuó Amira, sin prestar atención a Saavedra. Es una buena idea, dijo Calamares. Perfecto, dijo Amira, entonces juremos, vamos, repitan conmigo: Yo, Sergio Amira, Luis Saavedra y Juan Calamares juramos que seremos los mejores escritores de ciencia ficción del mundo y que seremos recordados para siempre. Y así aquellos perdedores juraron. Y así fue. Está escrito. Salve.