El autor

El insoportable autor con un amigo aún más insoportable.

PRINCIPIOS DE LA ANTI INTELECTUALIDAD, por Juan Calamares

Un buen libro es ante todo una pérdida de tiempo. Si no fuera así, la chusma que desde hace 50 años ha manejado el mundo de las letras ya habría perdido la tribuna para decir sus tonterías. Da un poco de espanto la calidad de nuestros líderes de opinión. Sin embargo, cada vez que sale un libro al mercado, y sobre todo si este libro se enmarca dentro de lo fantástico, se aventuran con el mismo comentario: “esta novela hace una profunda crítica a los males del capitalismo”. Pareciera que han circunscrito a la novela puramente al campo de lo sociológico y, lo que es peor, a la interpretación alegórica. Este mal no solo afecta a la novela moderna. Tomemos un clásico como Edipo rey. Todos conocemos el complejo sicológico asociado a la tragedia de Sófocles. Lo compartimos, porque es inapelable. Pero qué ocurre con el resto del contenido de la obra. Creo que vale la pena recordar que Sófocles trabajó con mitos que ya eran antiguos en su época y que nos hablaban del misterio entendido como oculta revelación y que, seguramente, no tenía tan claro aquello del amor incestuoso y el deseo de la muerte del padre. Las denominaciones arquetípicas son posteriores. Bien es sabido que un autor que se precie de tal, nunca pensará a priori en el tema de su obra. Por supuesto que lo advierte y lo sospecha, pero suele descubrirlo en el camino. El tema no es lo mismo que la motivación y cuando esto ocurre la literatura se vuelve panfleto. Otro ejemplo, quizás el mejor de todos se refiere a la obra de Kafka. Alguien dice que el tema central de su obra es la incapacidad de alcanzar la felicidad y otro que es el peso de la burocracia y un tercero que es “aquella fatalidad religiosa del hombre judío”. La obra de Kafka es todo esto y más. Y es también la visión literal de un acontecimiento. Gregorio Samsa es el hombre aplastado por el sistema, pero es también, sencillamente, Gregorio Samsa convertido en cucaracha. Atribuirle visiones elevadas a los autores clásicos, por el solo hecho de hacerlo, es igual a canonizarlos, matarlos y enterrarlos. Es convertirlos en caldo de discusión para los intelectuales. Cuando los intelectuales se reúnen a analizar el mundo kafkiano lo hacen con gravedad y reverencia. Saben lo que todos sabemos: Kafka fue un hombre atormentado y enfermizo, pero también saben (aunque no se animen a admitirlo) que cuando le leía sus textos a sus amigos, todos reían a carcajadas con aquello que es tan evidente en su obra: la comedia del absurdo llamada vida.

Un intelectual -y digo intelectual como algo peyorativo, algo muerto, algo profundamente destructivo y enemigo del progreso- jamás ponderará un texto en su verdadera naturaleza. Le atribuirá visiones inventadas por el mismo, visiones que le hagan aceptable aquella construcción, muchas veces fantástica, que él nunca se atrevería siquiera a enunciar. O bien, el intelectual omite lo que le es incómodo. Así como nunca he leído un  estudio que mencione a la esfinge  en Edipo Rey, tampoco he leído uno que aborde el salto de tiempo al final de “Las partículas elementales” de Houllebecq. Aquello que suene a fantasía o ciencia ficción es un puro aditamento, una mera excentricidad en la obra de aquel serio escritor preocupado de los temas trascendentes cuando, en realidad, sucede que es a la inversa.

Bolaño, Murakami, De lillo, Rushdie, entre otros, han entrado por derecho propio al panteón adorado de los intelectuales. Ha sido un gol de media cancha porque los intelectuales no comprenden, ni comprenderán nunca, la verdadera medida de estos monstruos. Los creen de los suyos, pero no lo son. Dicho sea de paso, la peor lectura de Borges ha sido la de los intelectuales.

Cuando hablo de intelectuales lo hago con el mayor descreimiento. He dicho que el intelectual es enemigo del progreso y lo sostengo. Un intelectual es, ante todo, la burda parodia del hombre culto del siglo 19. Siglo estéril y arrogante, que supuso que el progreso científico comenzaba y terminaba con él y que cerró la oficina de patentes, pues aseguraba que nada más se podía inventar. Al siglo 19 le debemos la interpretación de un texto literario desde la perspectiva sociológica, es decir, la novela entendida como el conjunto de toda la experiencia humana.  Nunca se hizo mejor, pero debemos recordar, que la novela realista comenzó -o al menos se consolidó como tal- en el siglo 19 y que en el pasado la literatura había sido mayoritariamente fantástica y que el lector no pensaba en el Quijote en términos idealistas, si no que, como un hombre que en delirio, iba a la caza de monstruos para vindicar el honor de su amada. Así, llanamente.

Cuando el ser humano se creyó amo y señor del universo, nació el primer intelectual. Hay un tipo de intelectual que respeto, eso sí, aunque no podría llamarlo intelectual; no lo es, porque se le opone, es su antagonista. Lo llamaré el antiintelectual.

El antiintelectual es valóricamente superior al intelectual pues no se cree el amo del universo y, aunque se conoce la teoría de la evolución al dedillo, no se niega a la posibilidad de una mega inteligencia.  El antiintelectual comprende que los verdaderos problemas del mundo moderno radican en el desequilibrio ecológico y no se pasa todo el día leyendo The Clinic. El  antiintelectual  siente la poesía de Batman Forever; no como el intelectual, que solo ve una película de superhéroes hecha en Hollywood. El antiintelectual  sabe que la superioridad del hombre frente a los animales solo se basa en ideas religiosas, que curiosamente son la única arma de los intelectuales (ateos) para arrogarse ese gratuito privilegio. El  antiintelectual ha hecho la mejor lectura de Borges de los últimos 30 años. El  antiintelectual no es de izquierda, pero tampoco  trata a su nana como si fuera de una casta inferior. El antiintelectual  tampoco es de derecha, es una cosa completamente diferente. El antiintelectual  es pacifista y no cree en los guerrilleros. El  antiintelectual sabe que el humor es la mejor arma contra el sistema. El antiintelectual se ríe mucho. El antiintelectual ha leído más libros que cualquier intelectual y no se conforma solo con leer las solapas. El  antiintelectual no va a manifestaciones políticas. El  antiintelectual  apenas si participa en política, porque no cree en nada.  El  antiintelectual sabe que Los Simpsons son la mejor expresión popular posmoderna jamás inventada. El antiintelectual sabe que en 50 años más Philip K. Dik será tan grande como Kafka. El antiintelectual se interesa en la ciencia, no como el intelecual que es un ignorante en casi todas las materias de importancia. El antiintelectual sabe que en el Bhagavad Gita hay planos de naves espaciales y por eso representa el futuro, ya que comprende la real dimensión del pasado.

Y el intelectual lo sabe. El intelectual es la decadencia y lo sabe. Sabe que los cafés literarios vomitan sus falsos recitales de poesía y que su peso está muerto y que su enfermedad es la enfermedad del aburrimiento. El mundo clama su renuncia, quiere huir de aquellos “horizontes fundamentales” y de tantas sentencias estúpidas que han sido el espíritu del siglo 20. El intelectual se muere y lo sabe. Sus días están contados.

[2011, anno domini]

PD: La redacción no se hace responsable de las opiniones vertidas en este texto. Nosotros amamos a la gente linda que tiene pensamientos superiores.

PPD: Si el texto no respondió a su pregunta sobre qué era este sitio, no se preocupe, nosotros tampoco lo sabemos.

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  1. Me sonó al maestro ignorante de ranciere. Me gusta, el permitirme sentir y ver sin sesgarme, para mi, la mayoría de conflictos se resolverían, si, alguno de los bandos se pusieran en el lugar del otro, en ver como el otro ve. No te limites, el no puedo no existe, y el imposible tampoco.

  2. Pingback: Intelectuales versus Ñoños |

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